La serie islámica de Sara Giménez

1 Esta avidez por las etapas dejadas atrás en la trayectoria humana trasluce un modo de conducta filosófico, que se admira del estado ordinario de nuestra vida: su asombro queda expresado mediante el contraste con otros modos de vida. Ni siquiera la premisa de nutrirse en la "otredad" de lo histórico me parece que deba tomarse como lo definitivo de sus depurados ciclos. La sensibilidad y atención hacia el presente, cotidiano y familiar, la comunicación con las personas cercanas, todo el entramado del vivir: esta fuente es la que les da aliento y frescura. 2 Derivan del correr de la meditación. Y son en sí mismas un objeto para la contemplación y la meditación. Son utensilios para encender nuestra atención, que se apaga y se embota en la rutina. 3 Me parece decisivo el proceso artesano de su elaboración. No es un capricho retro el bronce y el método "a la cera perdida", el trabajar día a día en la fundición de José Moreno. Frente a los objetos que usamos y tiramos sin contemplaciones, cosas que unos proyectan y otros ejecutan sin conocerse ni tratarse, ese engranaje que tritura la vida y sólo obtiene mercancías, no es de extrañar que estas obras nos produzcan el fuerte impacto de su poca corriente autenticidad. No digo "volver a lo artesano", no moralizo. Digo que quien nunca ha amasado un pan con sus manos no puede saber eso de ningún otro modo. Hablo de vivir, no de cine ni de novelas. 4 La arquitectura y el arte islámico que las impregna ponen el dedo en una cicatriz, o incluso en una llaga. Es en una paradoja de distanciamiento y familiaridad sugestiva donde radica su fuerza oracular. Mirándolas nuestra identidad se tambalea. Constatamos que el relativismo cultural nos ha nivelado más que un cataclismo o un terremoto. Ver las raíces ajenas ¿será suficiente para preguntarnos por las nuestras? 5 Una construcción puede encerrar una metáfora sobre personas. Basta decir soy una torre y tú eres otra torre distinta y hay una distancia entre tú y yo. Puedo ver: el vacío que tengo para recibir, el agua que alegra la vida de uno o de más, mi relación con otros a los que pongo "en un pedestal", como una puerta de plata sobre un pilar. Ante el precioso Baño se me abren los ojos, descubro de pronto lo carente de significado que son nuestros cuartos de baño, y quizá, con ellos, todo lo demás. El funcionalismo nos volvió a nosotros funcionales, nos desposeyó del cielo estrellado, del misterio de las aguas y sus ritos de purificación y vivificación. Cuando la vivienda devino en máquina de habitar, nosotros quedamos transformados en máquinas habitadoras. 6 No hay aquí una apología del tipo de vida islámico. En otras series anteriores, Sara Giménez tomaba figuras de la cultura occidental, pero siempre eludía los temas centrales. Tal vez intuyendo que estamos vacunados contra ellos. Si ahora hubiera tomado como punto de partida nuestra propia arquitectura del pasado, ¿no nos parecerían mercadería folclórica, propia de tienda de souvenirs y postales? 7 ¿No dicen que hay que hacer un largo viaje para encontrarse? Creo que estos por el tiempo y el espacio, llevados por esta buscadora de tesoros perdidos a quien seguimos, nos aportarán algo útil para el ahora y el aquí. Como síntoma de un mal innominado aún, los europeos empezamos a reconsiderar nuestra cultura cuando la vemos en peligro de extinción. Mientras unos tocan la alarma ante la invasión de africanos depauperados y otros tratan de apurar sus días como sea, nos alegra saber que también hay quienes observan, dialogan y confían.
JOSÉ ANTONIO GARCÍA HERNÁNDEZ