La Ola

Es el mar un tema tan pictórico que no en balde hay un género dedicado a su representación con el expresivo nombre de "marinas". La maleabilidad del agua comporta una esencia material inestimable, que se atiza agitada por los muy diversos meteoros cuando campa por sus fueros naturales, como se suele decir, "a mar abierto", pero además, su transparencia y su reflectividad hacen de ella algo cromáticamente imprevisible, con cambios de luces de fulgurante instantaneidad. El mar embravecido lleva hasta la apoteosis esa agitación cambiante, cuya fuerza de embate esculpe nuestras costas. Ha habido, así, pues, miles de pintores empeñados en la representación marina, pero muy pocos escultores que se hayan atrevido a abordar este asunto tan a contrapelo para su oficio y, menos, mediante la talla de piedra, salvo en el caso de las fuentes como formas que sirven de receptáculo al natural líquido elemento. He aquí, sin embargo, a la escultora Sara Giménez atreviéndose a nadar, nunca mejor dicho, a contracorriente, pues no solo ha decidido tallar el mar, sino en la forma de impetuosa ola. Por de pronto, no recuerdo, de entrada, ningún precedente para acometer esta hazaña de tallar el mar, aunque, en pintura, se me vienen a la cabeza el caso de tres pintores que recuerdo ahora por ser sus representaciones más afines a lo que finalmente ha realizado Sara Giménez: La ola, de Gustave Courbet; El océano glaciar (El naufragio de la "Esperanza"), de C. D. Friedric , y, sobre todo, Ola en alta mar en Kangawa; de Katsushika Hokusai. Friedrich talla el mar, pero convertido en impresionantes bloques de hielo, mientras la gran ola de Hokusai se encrespa empequeñeciendo el monte Fuji avistado al fondo como un perfecto cono nevado. Sara Giménez, no obstante, convierte su gigantesca ola, por una de sus caras, en una inmensa gruta cóncava, que se asemeja a las fauces de una mítica ballena capaz de devorar el mismo mar, y, por la otra, en una feroz garra de un ser ultraterreno. Lo hace con mármol ligeramente pigmentado y con unas dimensiones de proporciones reducidas, lo que no le resta un ápice de su espectacular fuerza intimidatoria. Es, desde luego, o así me lo parece, una hazaña excepcional, propia de una escultora que no acepta más límites que los que ella fija a golpe de cincel.
FRANCISCO CALVO SERRALLER