La iconografía en El Bosco

Es un misterio incomprensible enfrentarse a la iconografía medieval sin conocer y entender antes no solo las circunstancias socioculturales de la época, sino el hecho, tan presente como poco tenido en cuenta, de que entonces muy poca gente sabía leer y escribir, lo cual creaba un problema permanente de comunicación en todas sus variantes: Sensitivas y mentales (educación o adoctrinamiento, advertencia, prohibición o simple información práctica). Este problema tan preocupante no era tal porque para entonces, en este aparentemente oscuro mundo medieval, la milenaria cultura de la imagen ya había creado solución práctica elaborando, desde las primeras civilizaciones, un sofisticado sistema de trasmisión de información a través de la iconografía. ¿Quién no recuerda, por ejemplo, la cultura egipcia con su complejo sistema de escritura y lenguaje basado en imágenes extraídas del mundo cotidiano? Y eso por no retrotraernos a los primeros iconos o grafismos creados por la mano del hombre, para lo cual tendríamos que datar sus primeros balbuceos más allá de los veinticinco mil años. La cuestión práctica consistía en dotar a las imágenes de un contenido simple y legible que todo el mundo pudiera entender sin esfuerzo y sin necesidad de complicados y largos procesos mentales, es decir, a ser posible en el acto. Esta decisión de dotar a los iconos de significados concretos en cada caso era un proceso no solo normativo, cuya responsabilidad corría a cargo de Instituciones tanto de carácter político o religioso, sino también intuitivo, ya que simplemente se trataba en muchas ocasiones de reconocer y aceptar los conceptos o contenidos que el pueblo aplicaba a determinadas imágenes. Esta información, por otra parte, era reconocida en cuanto a su contenido simbólico porque su elaboración había ido conformándose, en muchos casos, a lo largo de miles de años, y eran patrones iconográficos muy enraizados en la cultura popular y, por lo tanto, muy difíciles de rechazar o desenraizar, así que finalmente tenían que ser aceptados físicamente aunque sus valencias de signo moral pasaran, como mal menor, de positivo a negativo con los cambios religiosos. Cuando El Bosco empieza a pintar sus cuadros, lo hace en una época en la que este lenguaje iconográfico adquiere un plus de sofisticación en la medida en que la época va remontando o cambiando en sus contenidos culturales (la gente empieza decididamente a manejar la lectura y la escritura) y, dentro de lo cultural, tendríamos que incluir lo religioso y lo moral. Por lo tanto, cuando nos enfrentamos a la obra de El Bosco no podemos conformarnos con quedar simple y literalmente alucinados por una interminable nómina de seres incoherentes, aparentemente oníricos o, como mínimo, amenazantes, a pesar de ser en ocasiones simplemente raros. En realidad los personajes de Hieronymus Bosch se encuentran empapados en esa cultura de la imagen en la que cada escena, compuesta por determinadas figuras, significa algo muy concreto, casi siempre una advertencia, o descripción de un pecado o un vicio, o sus consecuencias escatológicas. Es decir, todo ello con una intención claramente didáctica y moralizante, verdadera finalidad de la obra del Bosco, cuyos significados simbólicos, por suerte se han recuperado, ejercicio que ha dado pie a la obra escultórica de Sara Giménez que con ella trata de recuperar la "lectura" de la obra de El Bosco.
JESÚS HERRERO
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