A mediados de los 80…

A mediados de los 80 Sara Giménez presentó en una colectiva de arte joven, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, una obra que llamó poderosamente la atención de la crítica. Se trataba de un lecho sepulcral tallado en piedra que contenía una figura fundida en bronce y se complementaba con fragmentos de columnas de un recio sabor románico. Se dijo entonces que nos hallábamos ante una excelente escultora en ciernes. Dos hechos parecían avalar aquel supuesto. El uno consistía en el talento demostrado en la ejecución de la pieza; el otro en la poderosa captación de un simbolismo arcaizante. De entonces acá, la serie de exposiciones que enlazan con la presente no han hecho más que reafirmar lo anunciado. El conocimiento de las propiedades físicas de los materiales que utiliza han convertido a Sara Giménez en un técnico de primer orden. Ello le permite desenvolverse, con brillantez exquisita, entre los elementos más diversos, desde el bronce al papel, de la cerámica hasta la talla en piedra, desde el modelado del volumen hasta su tratamiento superficial por oxidaciones. La otra constante, su evocación de lo primitivo, nos remite a la cuestión de la cita culta. Según parece la búsqueda de lo primitivo ha acompañado la historia de la modernidad hasta casi convertirla en una de sus grandes invenciones, íntimamente ligada a la irrupción de los estudios antropológicos acaecida al final del siglo XIX, y al establecimiento del Museo del Hombre, en París, en 1878. Si pensamos en la obra de los grandes renovadores de la escultura como Brancusi, Giacometti, Ernst, Lipchitz o Moore, apreciaremos de inmediato la profundidad de esta pasión. Pero Sara Giménez no tiene como objetivo final el arte que versa sobre el arte. Tampoco participa en el juego contemporáneo de metalenguajes, sistemas de citación y complicados reenvíos referenciales. Por el contrario, sus citas son siempre directas, claras y concisas, y su punto de partida intencionalmente simple: consiste en contraponer las culturas clásicas o las no clásicas para luego mostrar una clara predilección por las segundas. De este modo, lo que se afirma (el modelo arcaico) adquiere una clara resonancia frente a lo que se rechaza (el modelo racional clásico). De mente sistemática, Sara Giménez opera mediante la apertura de series, bien sean temáticas (ídolos y tumbas, Sarcófagos y muerte, Barcas, Objetos funcionales...), bien sean de recorridos históricos a la protohistoria (Numancia), al prerrománico (Beato de Burgo), al románico (del que su Soria natal muestra una de las mayores condensaciones europeas). La renovación de significados se realiza aquí de una manera en apariencia contradictoria. Es decir, mediante la apropiación directa de estilos que no surgieron en función del arte, sino de la religión y el mito, no en función de la forma, sino del contenido simbólico. Esto permite a Sara Giménez aunar recuerdos y gustos personales junto con propuestas y elaboraciones formales. Volvemos de nuevo al espacio mental, ese archivo en el que se guardan afectos, vivencias y aprendizajes, y que posibilita multitud de interconexiones. Una rana, por ejemplo, puede conectar con lo emotivo a través de cuentos escuchados en la infancia sobre príncipes encantados; o con lo vivido a través de la experiencia directa de su captura en una tarde de verano ya lejana; o con lo aprendido acerca de su uso iconográfico encima de una calavera o su empleo en pócimas de brujería. Los monstruos bicéfalos en gres que se insertan en la piedra mediante la prolongación rítmica de sus crestas pueden evocar las gárgolas medievales; o pueden transformarse en seres encantadores si los comparamos con los monstruosos personajes intergalácticos con que juegan nuestros hijos. El sabor arqueológico y transcendente del bronce titulado Hacia el lugar del sacrificio puede mutarse en metáfora sobre ciertas ceremonias de legitimación social que nos son próximas (la apertura de una exposición, por ejemplo); o puede leerse como propuesta espacial en el que el principio y el fin es negado por las espirales de ambos extremos. Algunas de las piezas funcionales (los candelabros aquí presentes) pueden funcionar como alternativas al diseño racionalista o como piezas de un museo arqueológico. La simplicidad de la pieza tallada en piedra con el título Fuente puede evocar la pureza primitiva de un Giacometti. Una talla engañosamente sencilla en la que subvierte la relación tradicional entre la escultura y su base para centrar la atención en esta última. Particularmente prefiero recordarla como una primicia de esta exposición de lo que seguramente acabará siendo una nueva serie -la de las fuentes- íntimamente ligada a otra cultura no clásica -la árabe-.
MIGUEL ÁNGEL F.-LOMANA